Manuel Chao Blog

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Marketing Online para tod@s

Nuevas herramientas en Google > How to use Google’s new search tools

Las nuevas herramientas de búsqueda en Google funcionan desde hace pocas semanas en Google.com (en Google.es aún no, pero supongo que las aplicarán pronto).

Todas son bastante útiles, dependiendo de la búsqueda que se haga, pero la que más llamativa visualmente es el Wonder Weel, que hace más “natural” la búsqueda al ir relacionando búsquedas entre sí, de forma fractal (aunque aún no incluye enlaces patrocinados, pero si funciona ya lo incluirán).

Hay algunas búsquedas para la que esta herramienta no es aplicable (el algoritmo lleva su tiempo en cargar todos los datos, supongo).

http://www.telegraph.co.uk/scienceandtechnology/technology/google/5331287/How-to-use-Googles-new-search-tools.html

Estas herramientas fueron desarrolladas por Google, en gran parte, para hacer frente a este Nuevo buscador: http://www.wolframalpha.com/ que ofrece los resultados de forma distinta, enfocados en un sistema de búsquedas basado en considerar cada búsqueda como una pregunta específica, por lo que no te da el resultado más relevante (que no siempre es el correcto, dependiendo de la búsqueda*), sino el que calcula como “más adecuado). http://elcafedejohn.wordpress.com/2009/05/14/wolphramalpha-%C2%BFel-antigoogle/

Ciertamente es todo muy incipiente, pero también lo era Google en el 97.

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*Un ejemplo de ese tipo de búsqueda: 1.- Entrar en Google.com ; 2.- Preguntar “since when does google exist?” (Google te mostrará los resultados más relevantes, más no desde cuándo existe Google) ; 3.- Entrar en Wolphramalpha y hacer la misma búsqueda; 4.- directamente te da la fecha, sin más (15/09/1997, que es la fecha en la que el dominio se puso online).

Tyler Durden y el verdadero espíritu de una empresa

“You’re not your job. You’re not how much money you have in the bank. You’re not the car you drive. You’re not the contents of your wallet. You’re not your fucking khakis. You’re the all-singing, all-dancing crap of the world.”

Esta es una de las más extraordinarias frases que alguna vez escuché en una película.

Fight Club es vista por muchos como una producción que puso en escena un libro relativamente antisistema; sin embargo, la comprensión profunda de la película y del libro se acerca más al trasfondo deseable de toda corporación o empresa de lo que estarían dispuestas a admitir tanto unas (las corporaciones) como otros (los Tyler Durdens).

Cuál es el objetivo de trabajar? Teóricamente es la recepción de la recompensa esperada por la labor desarrollada, en el espacio de tiempo que se tiene previsto, para la posterior adquisición de bienes y/o servicios que satisfagan necesidades eventuales o inminentes.

Ahora bien, en la cultura empresarial de las dos últimas décadas, se deja de lado el objetivo principal, que es la satisfacción de las necesidades.

Con horarios laborales interminables o exigencias fuera de orden y procedimientos adecuados (y, por qué no, desagradables), se consigue alejar más a los trabajadores de la empresa; la empresa comienza a ser un ente succionador del tiempo destinado al crecimiento personal, al ocio o a cualquier cosa que le salga al trabajador del forro de los kintekis, en vez de ser la proveedora de recompensas a la que gustosamente debemos satisfacer para satisfacernos.

Se ha perdido de vista la relación de pajas mutuas, tan necesarias entre empresas y empleados, pasando a una dominación por necesidad de las unas sobre las otras. Sin embargo, gracias a Dios, no todas las empresas son así.

Afortunadamente, cada vez más empresas en Europa, EEUU, Japón y Latam, se dan cuenta de este fenómeno y de la máxima “un empleado feliz es más productivo”. explotan esta máxima, aumentando el grado de satisfacción del trabajador, quien a su vez desarrolla un vínculo de “deuda” con la empresa que tam bien satisfecho lo tiene, por lo que busca, a su vez, satifacer a la empresa de la mejor forma posible.

Sin embargo, este fenómeno en los países PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España, por sus siglas en inglés), viene desarrollándose a pasos de tortuga.

Es hora de despertar como empresarios y darse cuenta que sin trabajadores contentos se obtienen malos resultados. Es cierto el dicho que con la miel se atraen más moscas que con el vinagre y que un trabajador quemado, símplemente no es productivo.

Al final, obviamente, las abejas sin la miel no son nada, pero la colmena sin abejas contentas, no crece…

Otra frase: “Worker bees can leave; even drones can fly away… The queen is their slave…” Por lo que la mutua satisfacción es importante!

Un Mundo Mejor

¿Cuántas veces nos quejamos de qe vivimos en un mundo de mierda? Y, ¿´cuántas veces hacemos algo por cambiarlo?

El ser humano es, probablemente, uno de los seres más mezquinos que habite en la faz de la Tierra. A diferencia de los animales, cuya “mezquindad” es completamente irracional, la del humano es sopesada y meditada; en el mejor de los casos es inconsciente.

Sin embargo, el ser humano es capaz de desarrollar un sentimiendo de empatía con sus similares. Generalmente ese sentimiento se orienta a personas de su clan, lo que llegamos a llamar “afecto”, “cariño” o “amor”. Pero, otras veces, esa empatía se vuelca hacia personas externas a nuestro círculo. A veces el ser humano reacciona con solidaridad.

La mayoría de las veces, cuando escuchamos hablar del Islam, tendemos a asociarlo con actos terroristas o con mujeres maltratadas. Pero casi nadie se recuerda de que uno de los pilares del Islam es la limosna (en este caso, me dirá más de uno que el Catolicismo tiene el “ama a tu prójimo como a tí mismo”, sin embargo, el mandato del Islam es más directo: AYUDA AL OTRO).

Venir de un país con una ecomonía inflacionaria te hace sentirte menos apegado al dinero; a fin de cuentas, el dinero en un país así “no vale nada”. Ello hace que suela darse limosna de forma relativamente habitual.

Sin embargo, en Europa, el dinero vale. Vale hasta el último céntimo y hasta el último céntimo regateamos, cuidamos y gastamos en nosotros mismos o en nuestro círculo. Y le pasamos por encima al mendigo que pide, al niño que vende clínex o a la señora que tiene hambre y pide.

Realmente, nos quejamos de que el mundo es una mierda, pero ¿qué pasaría si un día, en vez de pasarle al lado a la señora, le preguntas si tiene hambre y la llevas a comerse un pincho de tortilla y una caña?. Ese día, esa señora habrá tenido una ingesta calórica de unas 550 calorías que no suele tener y, lo más importante, se habrá sentido bien. Así sea por un mísero minuto, se habrá sentido bien. ¿qué cuesta hacer eso? ¿3 €?

Ciertamente, muchas personas en Europa hacen caridad: Apadrinan a un niño llamado Mlundu, que vive en el Congo Belga y que, gracias a sus donaciones, recibe diariamente una ración de harina de pescado con avena para su sustento y, además, puede ir con el recibo de ello, una vez al año, a darse golpes de pecho ante el funcionario de la declaración de la renta; porque esa caridad desgrava… (Por favor, no se sientan audidos los padrinos que lo hacen de corazón y no se dan golpes de pecho ya que, gracias a ellos, muchos Mlundus pueden vivir; lo que critico es la filantropía rentable, no la filantropía en sí misma).

¿Cuántos de nosotros nos interesamos un poquito y de vez en cuando, por hacer que un extraño en necesidad se sienta mejor? ¿Cómo sería el mundo si, habitualmente, le comprásemos un par de bollos a los niños que piden en la calle, un bocata a la señora o, por qué no, una botella al viejo que se emborracha para no recordar que es viejo, que está solo en el mundo y, encima, en la puta calle, con frío, después de haber sido joven y no haber pensado que podría terminar así?

Se imaginan que todos hiciésemos eso, por una persona distinta, solamente una vez a la semana. Con el necesitado de turno, el que vemos casi todos los días.

Sería definitivamente un mundo mejor.

PD: Mi abuela paterna (gallega ella y, además por lo que recuerdo, súmamente dura, pero entrañable conmigo) a los 5 años me llevó a darle limosna a un mendigo en Mondoñedo. En aquel entonces le tenía pánico a los mendigos. Sin embargo, me arrastró hasta él y me hizo darle 20 Pesetas. Luego, se agachó a mi altura y, recuerdo que me dijo que nunca le negara limosna a nadie. Años después, mi padre me dijo que ella solía darle a cuántos le pedían y que decía “nunca niegues limosna al pobre que de puerta en puerta llama; él habrá de enseñarte el camino que habrás de seguir mañana”. Probablemente fue eso lo que me dijo.

No me vendan la moto… Quiero un Cadilac (Reflexiones sobre la Generación Y)

En estos días un amigo me maileó un artículo sobre la “generación Y”, publicado recientemente en Cinco Días.

Al leer el artículo, lo primero que pensé fue “qué de pinga! Soy de la generación Y. Y mi perfil cuadra con lo que dicen en el artículo!”. Pero luego, poco después de mostrárselo a mi jefe, Rodrigo Miranda, y leerlo por segunda vez, ya no me pareció tan chévere el artículo y el contenido.

Para comenzar, no todos los nacidos en esas fechas somos Y. Es normal, ya que existen diferencias socioculturales que, lamentablemente, criban la educación, razón por la cual, alguien con una FP no podría ser de la generación Y.

Igualmente, no todos nos hemos graduado a los 25 años (yo por ejemplo a los 23), ni hemos comenzado a trabajar a los 28-29 años (yo a los 17); por lo cual, alguien con más experiencia laboral que académica tampoco debe ser considerado Y.

Siguiendo con la idea, no todos nos hemos podido ir a “perfeccionar el inglés”, ya que probablemente estaba algo ocupado trabajando y ganando experiencia laboral, o emigrando para salvar el pellejo. De la misma forma que otros no habrán podido por estar currando o no haber podido acceder a un Erasmus o simplemente por falta de base económica. Ninguno de los anteriores son Y.

Entonces, ¿qué debo entender por generación Y? Debo entender que es la elite de la elite (porque no todos somos elites, habremos algunos menos elitescos que otros), que viene “pisando fuerte”, cuando, en realidad pisa fuerte porque habiendo de donde escoger, se prefiere al que tiene 4 masters, antes del que hizo un instrumento para medir el índice de influencia de la pena de muerte en Mozambique, por ejemplo. O se prefiere al que pasó un año en Holanda y volvió con nociones avanzadas de holandés (que en un currículum pone como “completamente bilingüe” y cuela, porque el reclutador de RRHH de la empresa no sabe hablar holandés), antes que quien viene con un título, medio master y un inglés decente y correctamente aprendido en casa que le permite entender y hacerse entender con fluidez.

No se me mal entienda, no hablo de lo anterior por sudar por la herida de la inmigración, ya que he visto casos de personas españolas que empezaron en un trabajo haciendo cosas estupendas y luego han tenido que pasar a otro en unas condiciones, digamos poco ineresantes, soportando el flagelo de la titulitis, tan conocido en España, EE.UU y Latam.

Los casos anteriores suceden. Suceden mucho. Sucede cada vez más que en una empresa para un cargo directivo de medio a alto, es más importante el “know who” que el “know how”. Que las decisiones estratégicas terminan siendo políticas y que al final sucede lo que sucede porque ni los de la generación X ni los de la generación Y al final saben resolver basándose en lo que tanto se estudió y tienen que recurrir a un anti X o a un anti Y (léase un “currito”) para que saque adelante a la compañía.

Lo más peligroso es que se deifique a la generación Y. Es peligroso, porque perpetuará (como si ya no lo estuviera) el escenario en donde puede más el peso de un imperio de relaciones que el de una meritocracia bien ganada en base a sudores y horas de vuelo laboral y complementos formativos.

Sea de la generación que sea, un buen profesional, debe foguearse en el ruedo e ir aprendiendo del día a día, mientras se sigue estudiando y aprendiendo y aplicando lo aprendido al día a día, para seguir “ganando músculo” (del que dicen que adolecen los G.Y. en el artículo). Y así, siempre; independientemente del cargo que se tenga.

Al final, me viene a la mente una frase de mi padre, que seguramente será de mi abuelo y del padre de mi abuelo y de ahí hasta la ancestral generación A: “Si quieres peces, tienes que mojarte el culo!”. Y para coger peces hay que agachar la cabeza, aprender de los fracasos y no ir de sobrao por la vida, por mucha generación de los kintekis de la que se sea.

No me vendan la moto de la generación Y; quiero usar bien las herramientas que tengo, o buscar las que me faltan para hacer un Cadilac!

Y serás emigrante por siempre y para siempre…

Un día te despertarás y no será igual que otros días.

Siempre abrías los ojos y decías que era sólo otro día más, pero ese día dijiste que no, que era más bien un día menos, porque ya habías tomado la decisión.

Decidiste que ya no había nada para ti en el país que te vió nacer (los países tienen ojos, aunque no lo crean). Tampoco pensaste posible la vida sin dejar de pisar el suelo que llevabas pisando desde que tus padres decidieron bajarte de la cuna.

Así pues, el día anterior, compraste billete de ida y en la mañana comenzó el “un día menos” que te acompañó hasta el otro lado del charco, donde comenzaste a contar los días desde el día que pisaste tu tierra no natal.

Y comenzaste a descubrir las cosas que ya tanto te habían dicho que verías, sólo que esta vez las viste con tus propios ojos.

Y descubriste que lo único que no está inflacionado (existe el término?) es la economía. Que el tercer mundo a veces es un estado mental y/o educativo y que, como dice en Maestro Gabriel García Márquez, en boca de Fermina Daza, con cuatro palabras al preguntarle sobre Europa: “es más la bulla”.

Sin embargo, estás acá y acá te quedas. Porque ya ha pasado el tiempo suficiente como para que no puedas vivir sin las cosas de las que a diario te quejas o no terminas de comprender, o no terminas de intentar cambiar sin éxito posible. Te quedas…

Te quedas por no volver con el rabo entre las piernas o la cola entre las nalgas (lo que suene peor). Por no volver con la cabeza dentro del ala rota. Por no volver a donde dijiste que ya no volverías, sino bajo ciertas circunstancias que aún no se han dado, pero, aunque se den, ya no volverás de todas formas.

Y aprendes a no olvidar pero a recordar con cariño lo que tanto anhelas ver con los ojos y no con las tripas en las manos. Y a olvidar las cosas que no quieres recordar, porque, de lejos, no era todo tan malo. Aprendes a extrañar (echar de menos) sin rencor y sin estímulo, simplemente como se recuerda.

Y al final, no serás ya ni de aquí ni de allá, y aprenderás a vivir con el corazón roto: una pieza allá y otras tantas en los sitios donde has vivido acá.

Y a tener amigos circunstanciales, con los que compartes parte de tu presente, ya que con el pasaporte y el visado de trabajo (o la baja consular los hijos de otrora emigrantes inversos), dejaste atrás tu pasado y te convertiste en una persona que sólo tiene el presente para compartir y el futuro por soñar, maldecir, anhelar y construir.

Y echarás raíces que no esperas cortar, pero que puedes… Y levantarás muros para no dejar pasar lo que no quieres por miedo a no poder cortar las raíces que crecen, aunque no quieres. Y te dolerá, pero el dolor ya formará parte de tu vida en este punto, así que será como un gimnasio para el alma, en el que el dolor es el simple efecto notorio de que te estás volviendo duro y, a ciertos niveles, de que te vas mierdificando, aunque aún eres el mismo que tenía el corazón y la foto de tu madre en la mano el momento en que el avión hacía que la tierra se viese pequeña.

Y apreciarás, de repente, todo lo que tienes. Apreciarás a todo a quien conozcas y a todo lo que te rodea.

Y en medio de la confusión de añorar, rechazar, apreciar, querer, odiar, amar, no comprender, aceptar; te darás cuenta de que serás emigrante por siempre y para siempre…